SUCESOS Y COMENTARIOS

Enrique Tejeda Cruz

PARTIDOS POLÍTICOS Y LAS ELECCIONES EN MÉXICO: PARTE TRES

En la colaboración del día de hoy, continuamos con la narrativa de un personaje, estudioso en lo relacionado con la política de nuestro país, los partidos y las elecciones en México, me refiero a Christian Oziel García Reyes, licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública.

García Reyes manifiesta que, para modificar el mapa de la representación política en México, que respondía a un esquema autoritario y de partido hegemónico, fueron necesarias una serie de reformas electorales que edificaron un sistema de partidos competitivo y un sistema electoral confiable.

 

Viene de parte dos: Discrepo de los maximalistas y de los minimalistas: los maximalistas dicen que el 2 de julio cambió todo, no es cierto; y los que dicen, bueno, “no pasó nada”, tampoco es cierto. Cambió 70 años de historia política en el país, un partido que nos había gobernado durante 70 años fue desplazado, hubo “alternancia”, y la alternancia en sí misma es un hecho que no podemos dejar de consignar. La pregunta es si con la alternancia cambiaron los problemas de México, o mejor aún, la manera de manejarlos y de darles respuesta. Creo que simplemente fue un traslado de un partido a otro.

CONTINUA PARTE TRES. – ¿Tan sólo hubo alternancia en el poder o un “traslado de un partido a otro”, como arguye Chuayffet? Se puede advertir en estas opiniones que el tránsito democratizador ha sido mal entendido.

México desarrolló su vida política en un régimen autoritario durante varias décadas, las elecciones presidenciales en las que como resultado del triunfo Vicente Fox Quesada se rompía con la continuidad más larga de un partido político en el poder, en la historia del mundo contemporáneo, tampoco inauguran la democracia en el país.

 

Las condiciones para su implantación se construyeron durante cuatro lustros, y estaban totalmente asentadas en 1997 como para considerarla una auténtica democracia. La posibilidad de alternancia en todos los órdenes de gobierno (municipal, estatal y federal) era ya una realidad porque el tránsito democratizador había concluido. En otras palabras, la primera alternancia en la Presidencia de la República ocurrió como consecuencia del naciente sistema democrático del país y no lo contrario.

 

No obstante, como se ha expuesto, existen voces que siguen hablando de la transición y la adjetivan de mil maneras, como si fuera un proceso sin desenlace o, por qué no expresarlo, como un cambio “eterno”. Esta concepción se explica, a decir de Andreas Schedler, por el uso de conceptos de democracia que van más allá de las normas mínimas de la democracia formal, definida en términos de instituciones y procedimientos.

Los conceptos mal delimitados de la democracia llevan a reclamar una especie de “transición permanente” como un largo túnel sin fin, con mucho brillo al final, pero siempre fuera de alcance. Sin embargo, un argumento que abona respecto a la incorrecta definición del tránsito democratizador mexicano es que, sin duda, es una realidad palpable, susceptible de comprobación porque “incluso aquellos que matizan con adjetivos como incipiente, imperfecta, desdibujada, de baja intensidad a nuestra forma de gobierno no pueden prescindir del sustantivo cuando formulan sus análisis.” En México, los discursos sobre una transición hacia la democracia que ha sido incomprendida, mal definida y polifacética, tienden a erosionar y a devaluar lo que ha costado décadas construir.

 

Así que la definición para desentrañar el debate conceptual, es oportuno recurrir a los expertos en la materia. ¿Qué quiere decir “transición a la democracia”? En el tomo 4 del ya clásico texto compilado por Guillermo O’Donnell, Philippe C. Schmitter y Laurence Whitehead. Transiciones desde un gobierno autoritario, se define transición como “el intervalo que se extiende entre un régimen político y otro”, y añaden que:

 

Las transiciones están delimitadas, de un lado, por el inicio del proceso de disolución del régimen autoritario o el surgimiento de una alternativa revolucionaria, en su transcurso las reglas del juego político no están definidas. No sólo se hallan en flujo permanente, sino que, además, por lo general, son objeto de una ardua contienda; los actores luchan no sólo por satisfacer sus intereses inmediatos y/o los de aquellos que dicen representar, sino también por definir las reglas y procedimientos cuya configuración determinará probablemente quiénes serán en el futuro los perdedores y los ganadores.

 

Nótese que se está calificando a la transición, para evitar confusiones, aun cuando O’Donnell y Schmitter sólo están definiendo al sustantivo, como democrática. No se habla de transición económica, social o transición a secas, sino de un tránsito hacia la democracia.

 

Cada parte de esta narración se pone más interesante y nos deja una lectura del importante manejo de la alternancia y democracia en la política partidos y elecciones. Continua en la parte Cuatro.

¡Pásela bien y Pórtese mejor!