De filosofía y cosas peores

 

                                                   Michael Torresini

En mi nota pasada he entablado un tema que necesita una continuación. En síntesis, he advocado una escuela de filosofía que atina perfectamente ya sea a esta era postmoderna que empezó hace un cuarto de siglo, que al último año que acaba de cumplirse desde el comienzo de esta pandemia infernal. Así que he dedicado esta nota al escepticismo filosófico y lo distinguí desde el escepticismo de los que niegan cualquier cosa que no le gusta, que no le cuadra, vaya, que no entienden. Pormenores aparte, filosofar ES antes todo dudar. Parece que olvidemos que la ciencia es, en esencia, abierta, crítica y anti dogmática y que, por sus especiales características, siempre se enfrenta al principio de autoridad y al de tradición como generadores de conocimiento. Quizá mis lectores más asiduos se acuerden de lo que he dicho varias veces, que los filósofos cribamos, filtramos, purificamos los científicos por una razón muy clara y sencilla: el conocimiento científico siempre parte desde…algo, desde un supuesto, mientas que el conocimiento filosófico siempre parte desde la nada. Y si la cosa no os queda clara, se aclarará contundentemente si os acuerdo que escribí una treintena de artículo acerca del cáncer que curo sin contraindicaciones de ninguna clase, sin riesgos y sin coste-y todo esto precisamente merced a lo susodicho-porque parto siempre desde la nada-la mejor manera para ver las cosas como son y por ende darse cuenta de todas las mamadas que se inventan las grandes casas farmacéuticas para enriquecerse-y el hecho que el cáncer sea la única enfermedad que no mejora es una prueba contundente de ello.

Y ni hablar del SIDA, el síndrome de inmunodeficiencia adquirida: prácticamente te están diciendo que hay una enfermedad que sólo existe si la adquiere. ¡Vaya! ¿Y quién gana desde esta invención? Los Rockefeller y sus casas farmacéuticas…Al respecto me gustaría escribir mucho, demasiado para esta columnilla mía. Simplemente déjenme salir con un consejo muy práctico: Imítenme, pues yo soy un perfecto epígono de Hipócrates en cuanto a su motto favorido-que tu comida sea tu medicina y viceversa. En Canadá no habría sido fácil, pero en esta fértil y bondadosa acadia, yo me curo todo con lo que como. Acabo de validarlo con mi experiencia reciente: los antibióticos no acabaron con una infección bacteriana, y sí me causaron dispepsia por haber matado las bacterias buenas de nuestra fauna intestinal. Acabé con el primero problema con muchísimo ajo que no sólo no hizo daño, sino fortaleció mis defensas; y acabé la mala digestión con nopal, etc.

El escepticismo siempre ha sido una actitud obligatoria en medicina, (aunque muy abandonada actualmente). En esta lucha por conseguir una falsa seguridad en su actuación, muchos médicos se han convertido en dogmáticos de una mal entendida “ciencia”, en correligionarios de cualquier publicación científica o en “zombies” del protocolo. Un perfecto ejemplo es lo que acabo de mencionar, de la enfermedad que sólo existe si la adquiere, donde queda más claro que nunca que nos están viendo la cara, con un virus que nunca fue fotografiado, que es un virus débil y que no causa nada, y menos aun con el sexo que es precisamente lo que más hace noticia y por ende…vende: tests, preservativos, exámenes y curación que son la verdadera causa de las muertes: La inverecundia de las grandes casas farmacéuticas es increíble. O podemos cambiar de materia, podemos pasar desde la bilogía a la física, ciencia que no ignoro tanto como la biología y que no miente por ser hecha de números: No es matemáticamente posible que los avionazos hayan sido la causa del derrumbe de las torres gemelas. Y por si fuera poco las dos vainas fueron causadas por lo mismo, por los judíos-y su increíble codicia y amor desmesurado para el poder. Es como una secuela de la Biblia-un pueblo sin patria que está doquiera.

Sólo observando todo lo que se ha dicho acerca de López-Gatell, al cual deseo una pronta curación, en todo ese camino se nota un campo de dudas razonables donde la diferencia entre la mera opinión y el conocimiento fundado es hoy más difusa que nunca. Enfrentarse a afirmaciones cuya única base es un principio de autoridad o de tradición es imprescindible. Al respecto os acuerdo uno de mis dicharachos, que la costumbre es la gran traba de la libertad. Es necesario plegarse a las evidencias, a constatar y asumir como verdades objetivas sólo los resultados salidos de observaciones medibles, repetibles y replicables. Esa es la verdadera autonomía intelectual.

Nunca ha sido tan necesario reivindicar el pensamiento de los escépticos clásicos. Para los clásicos griegos, un skeptikós (escéptico) es alguien que observa y reflexiona. No alguien que niega todo. Hace muchos siglos el filósofo, Sexto Empírico, definía el escepticismo como la actitud mental de investigar y dudar de todo. Otro filósofo escéptico, Pirrón de Elis, recrimina la inquietud ante la multiciplidad de opiniones. Advertía que la solución no está en sustituir unas creencias por otras (que creemos más acertadas), sino en deshacernos de todas ellas. Una solución muy drástica, pero en virtud de los acontecimientos, algo muy racional cuando nos enfrentábamos a algo tan novedoso, con múltiples aristas. Negar la máxima de que no existen expertos en algo que es nuevo es un error frecuente en estos días. La Covid ha destapado nuestra falsa seguridad en lo que hacemos.