De filosofía y cosas peores

Michael Torresini

Yo soy filósofo por nacimiento. Pero no porque mis padres lo fuesen, no señores: ambos eran catedráticos sí, pero nada filosóficos. Así que se podría casi llegar al absurdo que yo quise estudiar filosofía como reacción al excesivo formalismo de mis genitores. Creo que mi primera máxima me salió espontáneamente cuanto era todavía en el liceo como consecuencia, aseverando que la costumbre es la gran traba de la libertad. Y soy filósofo por nacimiento porque no me gustaba la idea de salir a un mundo desconocido cuando estaba tan bien donde estaba-una cicatriz dejada por el fórceps en mi frente lo atestigua. Y todas estas vainas que están aquejando este pobre planeta nuestro me oprimen, así que estoy haciendo lo que siempre hago en situaciones análoga. Me encierro en el mundo de la cultura y de su reina, la filosofía. Y como que filosofar es preguntarse el porque de las cosas, con la Crónica abierta en frente de mí, me pregunto la razón por la cual Gilberto Haaz, en su Acertijos, siempre usa Camelot como vocero, por así decirlo, de su frase inicial. Además, el tema me interesa, una vez entrado en buen humor, porque me acuerdo cuando yo mismo me divertía de niño a ser uno de los caballeros de la Mesa Redonda. Sin hablar de los Pares de Francia.

Norma Lorre Goodrich, estudió mucho la accidentada y sorprendente leyenda de Arturo, el más famoso soberano irreal de Europa, se hace muchas preguntas en torno al objeto de su trabajo, ya que quien se ocupa de mitos, sagas, leyendas y tradiciones tiene que unir a los datos que laboriosamente recaban el filólogo y el historiador profesionales, la intuición y el don poético del artista. ¿Quién – se interroga – fue el rey Arturo? ¿Por qué no se lo encuentra entre los soberanos históricos de Inglaterra? ¿Dónde estuvo su reino? ¿Existió CAMELOT?, y otras preguntas similares.

Es curioso, aunque esto no extraña a los especialistas de este tipo de indagaciones, que la propia abundancia de fuentes escritas que hablan del mítico rey sea el origen de las dudas que surgen en torno a sus acciones, su reino, su destino y, sobre todo, lo que se podría rescatar de su realidad histórica. Las contradicciones, que abundan en los datos que nos suministran estas fuentes, son la causa directa de tales perplejidades y discusiones.

El historiador serio tiene que hacer a un lado todo lo irracional y ésta es, precisamente, la materia que ha de acoger el analista de los mitos para reinterpretarlos, mejor aun, revivirlos en carne propia, por así decirlo, para tratar de encontrar el sentido de muchas incoherencias aparentes. La fabulosa isla de Avalon, por ejemplo, que aparece y desaparece en medio del mar, es demasiado bella para que los artistas prescindan de ella, pero para la mentalidad científica, filológica, es apena un indicio de alguna otra realidad meno sugerente, pero posible, que se esconde detrás de la leyenda. Al poeta le basta con esta existencia nebulosa, nutrida por igual de honduras submarinas, viento y sol neblinoso que la saludan cuando surge de las aguas. Por esta razón, el mundo visionario, el universo de la ficción tiene a menudo una vida más larga que la historia: interesan más los rumores de una intriga palaciega o los vaivenes de un adulterio que el simple recuento juicioso del gobierno de un rey o de los análisis sesudos de sus disposiciones económicas, su genealogía o su diplomacia. Después todo, la historia se repite, por esto, según dice el proverbio, enseña: ahora como entonce los chismes atraen la atención popular más que las cosas serias. O podemos repetir con Nietzsche que sí, historia docet, la historia enseña, pero los hombres no han aprendido a aprender de ella. E inclusive se podría agregar que no han aprendido a aprender-de allí a mis palabras en mi reciente nota: En cada facultad se aprende un oficio, en la de filosofía no, sólo se aprende a aprender. Muy importante esto si alguien quiere saber, saber lo que cuenta.

Pero si uno quiere saber que pasó con Danna Paola en Inglaterra o si se peleó con su novio y cosas de este estilo, pues, entonces la historia no enseña ni jota, todo este batiburrillo de voladas insulsas que interesan al populacho es de actualidad, son cosas que interesan mientras se pasan y luego son sumergidas por lo que pasa después. Aclaro el concepto con algo que dije acerca de mis notas, que diferencié desde las demás llamándolas imperecederas en tanto que no atañen algo que se pasa en un momento dado, sino lo que se pasa siempre. Imperecedera no significa mejores, significa que, SI son interesantes, lo son hoy, mañana o en una década al igual. Ya no lo hago tanto, pero al comienza me dediqué a aclarar, por ejemplo, que cuando decimos que no podemos aceptar una invitación porque tenemos que hacer esto o aquello, en la real realidad estamos mintiendo, pues cualquier ser finito, una vez nacido, tiene que hacer una cosa y una sola-morir. En el caso del ser racional es sólo cuestión del orden de prioridades que él adscribe a todo. Y allí es precisamente donde la filosofía nos puede ayudar mucho a ajustar nuestras prioridades según un orden de importancia basado sobre los hechos de nuestra realidad circunstante, quizá empezando con el claro hecho que la salud es lo más importante.