De filosofía y cosas peores

Michael Torresini

Últimamente, digamos en las últimas dos o tres semanas, se nota una disminución en el uso de cubrebocas en Tierra Blanca. Voy a dar un paso atrás y voy a reasumir en dos palabras la razón por la cual escribo esta columna: Promover la cultura. No la cultura que promovieron los pragmatistas de Chicago en 1910, no la cultura que rige incontrastada en Gringolandia, la “know-how-to culture”-cómo hacer dinero, como vender, como reparar esto o aquel-y hasta cómo conquistar mujeres. Nada de todo esto. Yo soy un misionero que promueve la cultura per se, la cultura que sirve para…saber, pues. Saber para ser una persona mejor, más completa; una persona que satisface las prerrogativas de ser humana. Dicho de otra manera, promuevo toda cultura que tenga en si misma su razón de ser. Y obviamente desde esta perspectiva sobresale la filosofía, porque nos otorga una vista más clara, nos permite ver las cosas como son-y no sólo como nos las pintan. Pero antes todo nos permite juzgar y por ende escoger sabiamente. Y la primera cosa en la larga lista es seguir escrupulosamente los mandatos de la razón y anteponerlos a los sentidos.

Sensu lato, esto sale desde la Ética de Spinoza que nos enseña que “el hombre hace unas cosas y otras las padece”. Las hace, es decir navega hacia un norte seguro, si tiene ideas adecuadas, y está en un mar borrascoso sin poder gobernar su navío, si tienes ideas inadecuadas. La manera mejor para ilustrar en práctica este concepto es lo siguiente: Juan y María tienen 20 y 18 años respectivamente, se conocen y experimentan una vida sexual mejor de la que su breve experiencia le había enseñado por separado-y así llegan a la superficial conclusión que lo que están sintiendo es verdadero amor-una idea inadecuada que producirá muy probablemente infelicidad y toda clase de problemas, pues lo que creían ser amor era sólo una mejor forma de sexo. El matrimonio se derrumbará pronto, como se derrumba una casa construida por una persona que no sabe bastante-es decir que no tiene ideas adecuadas- acerca de la albañilería. Otro ejemplo contundente de lo mismo es constituido por mi trabajo de quiropráctico. En Canadá, en doctor en quiropráctica estudia 200 horas más de un médico-y esto que NO sabemos todo lo que saben los médicos. Los primeros dos años son iguales, pero los demás cuatro son totalmente diferentes y nosotros hacemos muchísima práctica, hasta al punto de ver con la yema de los dedos. Así que lo único que tengo que hacer es poner el paciente boca abajo, correr los dedos por su columna vertebral, individuar las vértebras que, estando fuera lugar causan todos los problemas, las realineo usando la física y la geometría, dos ciencias puras y parte de la filosofía con las cuales “me llevo” muy bien, y listo. Todo el tratamiento dura dos minutos.

 

Por esto estudiamos tanto y sólo sabemos hacer esto-ciruja con las manos y sin absolutamente ningún riesgo ni problemas de ninguna clase. Ahora voy a poner esto a lado de los ejemplos antecedentes, amor y albañilería, pues la constante es la misma y ejemplifica perfectamente el concepto de toda esta nota y de toda mi columna que pronto alcanzará una década de vida. En Canadá, donde se inventó la quiropráctica y donde es parte del seguro social desde como medio siglo, todos la entienden, todos tienen ideas adecuadas al respecto-y así es muy raro tener que explicar algo. Aquí es todo lo contrario; aquí en México-y aquí en esta área agrícola más aún: la gente entra en mi consultorio porque le dijeron que soy bueno, pero esto es todo lo que entienden. De hecho, ¡Ojalá no tuvieron nada nada en la cabeza al respecto! Todavía hablan de talladas, de sobadas…Vaya tienen ideas totalmente inadecuadas y por esto a veces tengo que hablar media hora repitiendo cosas muy simples que ellos no entienden porque tiene la mente ofuscada por todas las mamadas que les dijeron los hueseros-una prerrogativa del tercer mundo que no existe en el primer. Otro concepto que he repetido seguido es que el hombre antes pensó a una mesa, luego la hizo y luego la llamó “mesa”-y agrego que esta orden es omnipresente e irreversible. Os acuerdo de esto atinadamente aquí, pues es muy indicativo e interesante que no sé traducir huesero ni en italiano, ni en francés, ni en inglés, ni en alemán-y ni en sueco. No hay la palabra huesero porque no existen los hueseros. García Márquez expresa el mismito concepto de manera mucho más artística en la primera página de su Cien años de soledad: “Muchos años después…El mundo era tan reciente que la mayoría de las cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que indicarla con el dedo.”

Espero haber llamado su atención acerca de la importancia de la cultura. De hecho, todo lo susodicho es un preámbulo a lo que sigue: SI LA CULTURA ES IMPORTANTE EN GENERAL, LO ES MÁS AUN AHORA CON ESTA PANDEMIA DE POR MEDIO. Continuando desde el comienzo, me alegré cuando vi que más y más gente llevaba un cubrebocas-y por lo mismo me duele mucho ver que ya no lo hacen, hay más y más gente sin ninguna protección-gente que evidentemente no tiene idea del orden de prioridades que debemos entender, gente que NO antepone la razón a los sentidos, gente que ya se cansó y que adopta la gran medicina mexicana contra todos los oprobios y abusos padecidos-el valemadrismo. Desde la culta Europa podemos sacar la misma conclusión: en junio ya parecía vencida la pandemia, con una media de cinco a veinte casos cada cien mil. Ahora Alemania sigue igual, mientras que España se volvió como o hasta peor de antes con 170 casos por cien mil. La causa es muy simple, los exuberantes españoles se cansaron de obedecer, hasta levantaron varias protestas-y así están peor que antes. Los alemanes en cambio, son el epitome de la disciplina, por arriba de tener más cultura y mucho más civismo de los ibéricos-y ya están afuera de la gran vaina del siglo. Y mi optimismo desaforado me hace esperar que mis cuatro lectores IMITEN A LOS ALEMANES.