ACERTIJOS

Gilberto Haaz Diez

*Cuando el oscuro diciembre ensombrece el día, se lleva consigo nuestras alegrías de otoño. Walter Scott. Camelot. 
 
LLEGA DICIEMBRE 

Se fue el Noviembre de la pandemia. Cada mes de este año 2020, quitando los dos primeros, han sido meses de pandemia, de andar con el cus cus en la boca, con el miedo de, si te da tos, ya marchaste; si te da gripa, ya quieres internarte; si te da calentura, ya no sabes adónde ir, vamos, si te da el soponcio de la hueva le echas la culpa al Virus maldito. Viene el que era el mejor mes del año, el de la Navidad y la cena de Fin de Año en familia, que quizá la habrá guardando la sana distancia y los protocolos de salud, pero ha sido terrible la pandemia, el mismo día en que el mandamás de la OMS (Organización Mundial de la Salud), envía un warning de peligro al país, para que los dos López: Gatell y AMLO se dejen de andar jugando a las escondiditas y por fin tomen la decisión de que el cubrebocas en algo ayuda, aunque los dos en su capilla de las mañaneras, donde ofician sus misas, lo nieguen. Ahora, con este miedo a todo, no nos gusta escuchar aquella rola que era el señalamiento del mes, la de La Tariacuri: Diciembre me gustó pa’ que te vayas. Ahora todos queremos quedarnos, nadie quiere marchar al mas allá por este terrible virus. Mientras los Curas nos dicen que las peregrinaciones a la Virgen quedarán para el otro año, y son muy sentidas porque, aparte de la Devoción a la Morenita, golpea a los vendedores de la zona, esos que se instalan en esos días, lo mismo en el Santuario de la Guadalupana que en Orizaba, donde a la Iglesia de La Concordia llegan y llegan cientos de peregrinaciones, bien ordenadas por los Curas, para cantarle las mañanitas a la Virgen, ese ritual de cada año de día 12 de Diciembre, cuando la madrecita bajó al Tepeyac.

EL MARADONA DE NETFLIX 

En el frio de la tarde, en esta zona de las altas montañas donde estos días friolentos se ve como Londres, donde solo falta Jack el Destripador, con neblina al piso, cubriendo los grandes cerros, con la llovizna tipo chipi chipi y con el frio calando hasta los huesos. Entre tantos juegos de soccer y del americano y de la Champions, y los lunes que entra el americano de los lunes, y las noticias y la Hora de Opinar, aproveché y encontré un ritual hecho a la medida del futbol. El día que los Dorados de Sinaloa contrataron a Diego Armando Maradona para entrenar a un quipo llamado Dorados, en 2018, de quienes nadie daba un cacahuate y que Diego puso en el mapa del mundo, porque hasta esta tierra de narcos y de drogas y de béisbol, llegaron los comentaristas del mundo solo para ver dirigir a Diego a ese equipo de Segunda División, que lo llevó a dos finales y estuvo a punto de meterlos a la Primera División. La llegada del Diego 10, sus motivaciones, la forma de motivar y dirigir, sus quebrantos, su forma cansada de caminar, a veces, y la idea fija de que ya los años le pesaban, que ya nada sería igual, las reuniones sociales con su esposa, sus dos hijas pequeñas a quienes amó, el presidente del club, un empresario al que Diego, cuando fracasó la segunda vez de llevarlos al campeonato, le dijo, casi parafraseando al Shakespeare de Julio César: “El mal que los hombres hacen les sobrevive; el bien es a menudo enterrado con sus huesos”. Al final del video de la serie de 7 capítulos, Maradona le dice al presidente del club, casi en lágrimas: “Siempre me recordarán por el mal que me hice, y nunca por mis cosas buenas”. Toca el tema de su enfermedad, cuando las drogas tomaron su cuerpo y le costó abandonarlo. Cuando en el camión del club van recordando ese himno del Napoli, cuando Diego llegó a convertirse en dios, cuando ese 10 ya nunca abandonó a los italianos, que lo adoraron tanto o más que los argentinos. Una buena serie de Netflix, llamada ‘Diego en Sinaloa’. Al irse, el club le despidió así: “Gracias por regalarnos tu mejor versión, por todo el amor que nos diste y por enseñarnos a disfrutar el fútbol como sólo tú pudiste hacerlo, esperamos haberte regresado un poco de lo mucho que nos diste. Te amaremos siempre, Jefe”. Véanla.

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